Diputado Boric escupe a un Militar

El día en que se perdió el respeto en Chile

La década de los sesenta quedó atrás hace un par de generaciones, en esa época la historiadora y filósofa Hannah Arendt hacía el siguiente análisis:

“Es posible que algún día se reconozca que el desafío a la autoridad establecida —religiosa, seglar, social y política—, como fenómeno mundial, es el acontecimiento más extraordinario de la última década.”

A la luz de los acontecimientos actuales podemos inferir que las faltas de respeto a la autoridad han tomado una inusual fuerza en la actual generación de personas, desde los 12 hasta los 35 años.

El periódico The Times de Londres mencionó hace no mucho: “Algunos padres se niegan a aceptar la autoridad de los maestros sobre sus hijos y se quejan cuando intentan disciplinarlos”.

¿A qué se referían? Sucede tanto en el Reino Unido como en el resto de los países del mundo y Chile no es la excepción: con frecuencia, cuando a los hijos se les llama la atención o se les impone una amonestación en la escuela, los padres van allí. No solo amenazan a los educadores y personal administrativo, en muchos casos los atacan verbal y físicamente. Todo por lo general delante de los propios hijos y sus compañeros.

Mientras, la National Association of Head Teachers, una asociación de directores escolares también de Gran Bretaña, declaró: “El público dice: ‘Tengo mis derechos’, en vez de decir: ‘Tengo responsabilidades’”.

Se da la paradoja que además de no inculcar en los hijos un respeto lógico a la autoridad, muchos padres no aplican correcciones cuando se producen estas faltas, y no permiten que otros lo hagan tampoco. La mayoría de los niños hoy están exigiendo sus “derechos” y para ello se permiten burlarse públicamente de la autoridad de los padres y de los educadores. Este comportamiento conlleva consecuencias no difíciles de adivinar: “una nueva generación que no tiene ningún respeto a la autoridad y poca idea de lo que es correcto e incorrecto”, relata la columnista Margarette Driscoll, columnista del periódico The Telegraph.

Por su lado el artículo de la revista Time “La generación perdida”destaca la desilusión de la que son objeto la mayoría de los jóvenes rusos, citando a un cantante popular de rap que dijo: “¿Cómo puede tener fe en la sociedad la persona que ha nacido en este mundo, en el que nada dura mucho tiempo y nada es justo?”.

Uno de sus connacionales, el sociólogo Mikhail Topalov, apoya esa opinión: “Estos muchachos no son tontos. Han visto que el Estado ha engañado a sus padres y que estos han perdido sus ahorros y su empleo. ¿Podemos esperar que respeten la autoridad?”.

De todos modos hay que reconocer que la falta de confianza en la autoridad también es una característica no menor en las personas mayores. Personas de todas las edades desconfían de sus autoridades e incluso las desprecian.

¿Entonces no debemos confiar en ninguna autoridad?

La «autoridad» se define como la “Facultad o derecho de mandar o gobernar a personas que están subordinadas.”. La autoridad en sí debe ser una influencia positiva para la comunidad porque su mandato para gobernar la obliga a hacerlo para todos los gobernados, cuidando los derechos de la mayoría y estableciendo y vigilando los deberes que permiten que dichos derechos se ejecuten. Por lo tanto la autoridad beneficia tanto al grueso de la población que cumple con sus deberes. como a los individuos que no los trasgreden.

Sin embargo observamos cómo en Chile no se está respetando la autoridad, y a pesar de todas las definiciones y palabras de buena crianza no parece existir un consenso en cuanto al momento en que esta actitud desafiante de la población Sub 35 debería comenzar a respetar a la autoridad cumpliendo con sus derechos para poder exigir sus derechos. Esta situación es el resultado de padres que no hicieron valer con su propio ejemplo la importancia de la autoridad. Ya lo expuse antes, esta importancia fue relativizada desde el momento en que se valida ante los hijos insultar a los educadores por una mala nota o una amonestación, o al no pagar el pasaje en el Transantiago, el Metro o colgarse la de la luz, o la TV por cable, o descargar contenido ilegalmente por Internet, sin recibir ningún tipo de amonestación por estas acciones. Si los padres han venido dando este ejemplo por décadas ¿Cómo podrían exigir respeto a sus hijos?

Muchas personas relativizan sus cuestionables procederes comparándolos con la corrupción o las colusiones a nivel de grandes empresarios y del propio Estado, y aunque el enojo y frustración por estos motivos sí son absolutamente válidos, no justifica bajo ningún parámetro de comportamiento destruir las confianzas en las instituciones que deben velar por el orden público, como hemos venido observando estas últimas 4 semanas, y tiempo atrás también. Tampoco debe ser un referente para validar los saqueos, la destrucción de bienes públicos y privados causando miles de millones de dólares en pérdidas para un país que no tiene los recursos necesarios para cubrir las urgentes demandas de la gente.

Quien gobierna tiene la obligación de hacer respetar a las autoridades, desde Carabineros hacia arriba, y para ello debe utilizar todas las herramientas que la Constitución le otorga para estos fines pues, lo primero, es asegurar la libertad de desplazamiento, trabajo y tranquilidad de toda la población. En muchos casos se debe hacer uso de la fuerza pues el accionar de muchos en las calles no permite que se ordene por la razón. Luego el Gobierno debe perseguir y castigar a todos aquellos que utilizando sus posiciones de poder han abusado de quienes menos tienen. Entre ellos, empresarios inescrupulosos y políticos que se encuentran ocupando escaños sólo para obtener poder, olvidando por completo para qué fueron elegidos por quienes ahora los desprecian.

Si sumamos a este escenario a los políticos que aprovechan oportunidades como la actual crisis sociales para validarse ante las masas llamándolos a seguir desafiando a las autoridades (entre las que no se han dado cuenta se encuentran ellos mismos) y destruyendo el país porque «ante las demandas es hasta las últimas consecuencias», o un diputado le grita y escupe frente a las cámaras a un militar de guardia, la suma de factores se transforma en una verdadera bomba de tiempo con consecuencias imprevisibles.

En la medida que el Gobierno por medio de las herramientas judiciales y de orden impongan su autoridad con respeto, empática pero enérgicamente en todos los niveles, y al mismo tiempo los padres que han descuidado los valores en sus hijos se ocupen de enseñar el respeto a los demás y a las autoridades, comenzaremos recién a recuperar la normalidad del país.

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